Dos semanas de Indonesia

 

Dos semanas de Indonesia

Recientemente tuve el gusto de visitar algunas ciudades de Indonesia y, aunque difícilmente puedo decir que conozco el país tras sólo dos semanas de estar ahí, amé casi cada momento. Viajé en compañía de un amigo y visitamos Jakarta, Yogjakarta, Bali, Lombok y las Islas Gili. Los lugares están llenos de paisajes maravillosos, comida muy rica, y gente amable y risueña que está dispuesta a brindarte su tiempo y auxiliarte, en la medida de sus posibilidades, a pesar de la diferencia de idiomas.

Indonesia

Hay algunas cosas que llamaron mi atención (principalmente):

1.- Yo era una persona rara en aquel lugar.

Cuando llegué a Indonesia, no me pareció que la gente tuviera rasgos físicos muy diferentes a los míos. Sin contar que algunas mujeres (no todas; en el país se practican varias religiones además de la musulmana) llevan hijab, creo que si yo me encontrara a esas personas en mi ciudad, no las consideraría extranjeras en automático. No soy la mejor fisonomista y puede que haya sido sólo mi impresión, pero a mi parecer las caras sonrientes, morenas y de ojos castaños de los Indonesios, podríamos encontrarlas en México.

Sin embargo, para muchas de las personas con las que crucé camino yo era bastante diferente. Incluso con lo despistada que soy, noté casi de inmediato que nos veían con atención y nos señalaban. En varias ocasiones, hasta nos pedían tomarse fotos con nosotros.

Chicas Indonesia

Nunca nos sentimos ofendido o incómodos. Nos sorprendió al principio, pero tras la segunda o tercera vez, hasta lo encontrábamos entretenido e incluíamos nuestras cámaras en las sesiones fotográficas. Después de posar para las fotos, sucedía otra cosa peculiar; colocaban sus brazos contra los míos para comparar los tonos de nuestra piel, que a mí no me parecían tan diferentes la mayoría de las veces (como en todos lados, hay algunos con la piel más clara u oscura que otros).

En mi último día en el país, una chica hizo que su papá me alcanzara en la motocicleta mientras yo caminaba por una avenida. El señor se cruzó delante de mí, cerrándome el camino (ya les hablaré más adelante del tráfico y las motocicletas) y la chica se bajó corriendo con su celular en la mano.

Me dijo que estudiaba inglés en la universidad, que tenía de tarea entrevistar a alguien en inglés y que si le podía ayudar. Su papá nos grabó con la cámara del celular mientras la chica me preguntaba cosas sobre mi viaje a su país y mi experiencia con la comida.

Al final también me pidió que posara en una foto con ella y se despidió diciéndome que era muy bonita. Cuando le regresé el cumplido, se rio y me dijo que le daba gusto tener una amiga de un lugar “que estaba tan lejos”.

2.- El tráfico es una cosa sumamente angustiante

Sin duda, uno de los retos más grandes que enfrenté en Indonesia (además de tener que quitarme los zapatos para entrar a los lugares) fue el tráfico de las ciudades, en especial aunque no exclusivamente, en Jakarta y Jogjakarta.

Esto no fue porque allá manejen del lado derecho o porque los taxistas con los que me subí no fueran precisamente conductores muy cuidadosos, sino por la cantidad de vehículos que había en las calles y la forma tan agresiva en la que se desplazan.

Soy originaria de Guadalajara, una ciudad que tiene un parque vehicular considerable (por no decir excesivo) y que se caracteriza por tener conductores bruscos y, en ocasiones, descuidados. A pesar de esto, el tráfico y la forma de conducir en Indonesia me asustaron.

Cuando llegué al aeropuerto, tomé el shuttle equivocado y terminé a unos 20 minutos de distancia de mi hostal. Ya me había percatado en el autobús, que la ciudad tenía un tráfico pesado, pero cuando el taxista me dijo que me subiera a su motocicleta, les puedo asegurar que temí poquito por mi vida.

En la ciudad transitan carros, motocicletas, bicicletas y caballos al mismo tiempo por calles estrechas y, para mi gusto, sin mantener el espacio necesario para evitar accidentes (aunque no me tocó ver un solo choque). Sobra decir que yo iba aferrada a la motocicleta como si la vida me fuera en ello, que así era un poco, y que cada vez que un carro me rosaba con sus espejos, me arrepentía de haberme subido.

Además, los conductores hacen sonar el claxon, no sólo para avisar a algún descuidado que se les está atravesando o reclamarle a algún abusivo la barrabasada del momento, sino para informar que van por la vía, para que los otros conductores sepan. El resultado es una sinfonía de pitidos constantes que, aunado a lo demás, sólo conseguían ponerme de nervios.

Fuente: en.tempo.co

Una de las cosas que hizo que Jakarta no me gustara tanto fue que me resultó muy difícil caminar la ciudad. Sin embargo, me sorprendió la forma en la que los peatones cruzan las calles. Hacen una seña de alto a los carros con sus manos y estos se detienen para darles el paso, así nada más.

Sí, lo intenté en un par de ocasiones y no, no conseguí el resultado esperado. Algo me dice que hay que tener cierta seguridad para ello y yo dudaba bastante, pero siempre había algún buen peatón que se apiadaba de mí y cruzaba a mi lado.

3.-Algunos hombres no me hablaban

La mayoría de las veces que interactuaba con los locales tenía experiencias muy gratas. Hubo, sin embargo, algunas veces en las que, hablando con hombres, no me respondían a mí. Nunca me ignoraron por completo, pero me daba cuenta que algunos preferían contestarle mis preguntas a mi compañero y otros me respondían, pero sin mirarme a los ojos.

Fueron sólo un par de ocasiones, tal vez tres, pero no dejó de llamar mi atención. Mi amigo, por supuesto, no tardó en hacer referencia a Mulán y decirme que él tampoco me iba a dirigir la palabra.

4.- La luz/el sol

¿Alguna vez han pensado que el cielo no es del mismo azul en un lugar que en otro? Bueno, pues allá no era ni del mismo azul, ni del mismo naranja, ni rosa, ni morado.

Carezco de los conocimientos científicos necesarios para fundamentar este punto, pero la luz del sol en ese lugar es diferente. No sé si sea la ubicación geográfica, la altura, el clima o la refracción de la luz, pero nunca había visto atardeceres tan lindos como los que vi en Indonesia.

El sol se pone relativamente temprano, entre las 18:00 y las 18:30 horas y es todo un espectáculo ver cómo el cielo va cambiando de color. Verlo a la orilla de la playa es incluso más bonito, pero ninguno de los atardeceres que vi fue decepcionante. Mi amigo y yo incluso nos subimos a una azotea (de la que después yo no me podía bajar) para poder ver los rosas y naranjas mezclarse con las nubes.

Fotografía por: Iván Mendoza

5.-La gente

Una de las personas que conocí me dijo algo que descubrí totalmente cierto: “En Indonesia a la gente le gusta ayudar, si les preguntas amablemente, siempre vas a contar con ellos”. No me mintió, la gente es una chulada independientemente de si necesitas pedir ayuda o no.

Entre la niña que fue nuestra guía para subir al volcán Batur y tomó mi mano durante todo el descenso porque le tengo miedo a las alturas y los dueños de los alojamientos que le tenían paciencia a mi necesidad de ubicar todo en un mapa, me sentía como en casa (en una casa con mucho calor y paisajes increíbles, pero casa).

Nuestra experiencia más bonita fue el 25 de diciembre. Mi amigo y yo estábamos en una playa en Lombok y le pedimos a un grupo de niños que se tomaran una foto con nosotros. Mientras nos acomodábamos, se nos acercó un muchacho a decirnos que los niños eran sus hermanos y creímos que nos iba a pedir que no los fotografiáramos, pero sólo quería salir en la foto también.

Se llama Alam, estudia en la universidad de Mataram y estaba muy contento de poder practicar su inglés con nosotros. Después de platicar un rato y enseñar a los niños a jugar a “las trais”, su familia nos invitó a comer con ellos.

Cuando menos lo pensamos estábamos sentados sobre una manta en la arena comiendo plátanos, saltamontes, arroz y una ensalada de frutas con una salsa bravísima pero muy rica. La familia de Alam nos recibió con sonrisas y bromas y palabras que no entendíamos, se tomaron fotografías con nosotros, nos acompañaron a pasear por la zona y construyeron un castillo de arena con nosotros. Alam nos pidió nuestros correos electrónicos y ahora nos escribe con relativa frecuencia.

Estoy convencida de que viajar es una de las cosas más positivas que uno puede hacer con su tiempo y conocer este país y a su gente resultó, además, una de las experiencias más gratificantes, inspiradores y divertidas. De sitios así, uno regresa con nuevas ideas, más energía, buenas vibras y muchas sonrisas.

 

Total
76
Shares

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*