Las niñas grandes SI lloran

Con todo lo que ha pasado en el mundo en estos últimos meses, o tal vez con ésta nueva “consciencia” del mundo que he adquirido en estos últimos meses, he pasado mucho tiempo reflexionando sobre mi femineidad.

Tal vez es parte de mi crisis de la temprana edad o algo así.

Pero me he cuestionado una y otra vez a mí misma sobre lo que es ser mujer y lo que nacer con dos cromosomas iguales significa para mí.

Me he preguntado sobre lo que me hace mujer. ¿Es solo el sistema reproductivo entre mis piernas? ¿es mi cabello largo y extremidades estilizadas? ¿A caso son mis pestañas rizadas y el color rosado que se le asignó al cuarto de hospital de mi madre cuando nací?

Y un día leí la frase “Big girls don’t cry”.
Las niñas grandes no lloran.

Entonces, empecé a cuestionarme si ésta frase es correcta o no.

Créanme.

Está completamente equivocada.

Porque entonces recordé cuando era una pequeña niña corriendo por mi primera casa con aquella cabellera tan rebelde que mi madre parecía haberse rendido con sus intentos de peinarme, y sí, lloraba, una niña pequeña siempre llora, pero mis lágrimas caían por mis hinchadas mejillas por razones muy simples la mayoría del tiempo.

Lloraba si mi hermano decía algo grosero sobre mí, o cuando nuestras “luchitas” se hacían un poco más agresivas y me golpeaba un poco fuerte (no se preocupen, yo también sabía golpear fuerte) o recuerdo que lloraba cada vez que alguna enfermedad me hacía vomitar (y todavía lo hago), o aquella vez en el preescolar cuando jugaba en el cubo de arena y me caí del borde, cortándome el muslo, recuerdo ver la sangre correr y recuerdo el fuerte dolor que sentía, obviamente lloré, era horrible.

Pero todo era simple, todo se podía arreglar fácilmente, mi mamá regañaba a mi hermano sin olvidar el discurso que nos daba a ambos sobre como a veces llevábamos nuestros juegos demasiado lejos, porque honestamente, lo hacíamos, éramos una pesadilla para nuestros padres.

Ella me daba medicinas para arreglar mi dolor, lavaba mi ropa y limpiaba el desastre que hacía, haciendo parecer que nunca había vomitado, porque solo pensarlo podía provocarlo de nuevo. Mi maestra me llevaba con la enfermera cada vez que me caía, quien limpiaría mi herida, cubriéndola con vendajes y me daba dulces para calmarme un poco.

Las niñas pequeñas lloran.

Luego reflexioné un poco más profundamente y me di cuenta que la sociedad tiene ésta visión equivocada de como una mujer se transforma de “niña” a “mujer adulta”, donde nos tenemos que convertir en ésta roca, porque nos convertimos en adolescentes que tienen su menstruación cada 28 días y para muchas de nosotros, duele, duele bastante.

Luego, nos convertimos en ciudadanas de este “mundo de hombres” donde somos empujadas, ignoradas, insultadas, cada vez que tratamos de escalar hasta la cima. Luego, claro, nos convertimos en lo que todo mundo sueña. La esposa.

Nos convertimos en la fuerte cimentación de una nueva familia, nos atamos el mandil y nos convertimos en amas de casa que mantienen el hogar sin queja alguna, luego nos convertimos en madres que pujan una nueva vida humana de nuestros cuerpos mientras tratamos de agarrarnos fuerte de cualquier cosa que minimice un poco el dolor, porque el parto duele como un millón de veces más que un simple cólico.

Nos convertimos en las criadoras de una nueva generación que tenemos que limpiar, alimentar y entrenar para convertirse en una parte funcional de nuestra sociedad y si ella o el cometen errores, todo es culpa de las mujeres que los criaron.

Nosotras, las mujeres, tenemos que ser muchas cosas desde el día que nacimos, tenemos que ser hermosas, inteligentes, sexis, lindas, una dama que cruza sus piernas cuando se sienta, una súper modelo que camina la pasarela cada vez que nos ponemos tacones, tenemos que tener estilo, ser fuertes, flacas, llenas de gracia, dulces, rebeldes, tontas, a veces parece que el mundo quiere que seamos esta definición tan imposible  de “mujer” que si pusiéramos todas esas piezas juntas, tendríamos un monstruo que pudiera destruir el mundo entero.

Pero, sobre todo, no debemos, NUNCA DEBEMOS, sentir dolor.

Cuando en la primaria un niño te golpea un poco muy fuerte, todos dicen “de seguro le gustas”, entonces bajo esa abusiva ilusión, debemos olvidar el dolor del golpe, la vergüenza de sentirnos débiles.

La primera vez que nos baja y estamos torcidas en el piso sintiendo éste desconocido dolor que parece un fuego en nuestro cuerpo, nos enseñan a llamarlo “cólicos” y nos dicen “esto no es nada, mejor te acostumbras porque esto vas a sentir hasta que te de la menopausia”

niñas grandes

Fuente: huffingtonpost.com

Hace dos años, me tuvieron que sacar el apéndice y a los 10 días de la operación, tenían que quitarme los puntos, lo cual fue estúpidamente doloroso, cada jaloncito de los hilos que estaban en mi piel, parecía que alguien me estaba prendiendo fuego, y yo gritaba como loca porque había pasado los últimos 10 días con un dolor tan fuerte, el dolor más fuerte que jamás haya sentido antes, contando las horas para mi siguiente pastilla para el dolor que me hiciera dormir por unas cuantas horas.

Y cuando salí del consultorio del doctor, había una señora esperando su turno que me pregunto sobre lo que me habían hecho ahí adentro.

“Me estaban quitando los puntos, pero lo juro que me dolió muchísimo” le contesté.

Su respuesta me ofendió un poco.

“Ay mijita!, si esto te hizo llorar tanto, ¿qué vas a hacer cuando estés dando a luz?”

Como si dolor no fuera válido, porque el que un ser humano salga de mi cérvix me va a doler un millón de veces más.

Nosotras, las mujeres, somos enseñadas a no llorar, se espera de nosotros el convertirnos en “niñas grandes” que no sienten dolor por nada, normalizamos el dolor y sentimos que es un pecado el sentirlo, lo escondemos si algún día lo vemos venir, lo guardamos en una caja con candado y la tiramos al mar.

Soy una mujer de 22 años viviendo en una era muy compleja política y socialmente, pasé mi etapa incomoda de la pubertad tratando de sobrellevar la perdida de una de las personas que más amo y admiro en el mundo, y junto esa tristeza, intenté encajar en un círculo social que parecía ajeno a mí, me hice los peores cortes de cabello y fui llamada “fea” en mi cara por más veces de las que cualquier ser humano quisiera escuchar.

Estaba tratando de crecer y encajar en un cuerpo no muy alto, flaco, débil, mientras era bombardeada por todas partes con fotos de estas súper modelos y actrices que eran tan hermosas que me hacían verme al espejo por horas e imaginarme como me vería sin la enorme nariz que nadie en mi familia heredó, más que yo.

Me tomó años para finalmente aceptarme de la manera que nací.

Fue muy difícil y hay días en los que todavía lo es, porque cuando tenía 13 años, el ser mujer significaba ser hermosa y estar a la moda como todas las niñas de mi secundaria, a los 14, usaba lentes para mi miopía y cada vez que sonreía se podía apreciar el deslumbrante brillo de mis brackets y yo tenía que pretender que no escuchaba los comentarios de mis compañeros de clase.

Cuando tenía 15 y estaba en primero de Preparatoria, tuve una clase de filosofía que me cambió la vida y siempre me gustaba comentar cuando el profesor lo permitía y todos se reían o hacían comentarios de mí. Pero dentro de mi relajado cerebro de 15 años, no tenía sentido que la gente se burlara de mí por las cosas que decía en clase, porque todas ellas eran correctas y el Maestro siempre me lo decía, entonces, ¿mis compañeros de clase se burlaban de mí por hacer un esfuerzo e interesarme en la escuela?

Entonces, alguna vez alguien me dijo “a nadie le cae bien una sábelo-todo” y me mantuve callada en clase por meses, porque era una niña de 15 años en la preparatoria y quería tener amigos.

Y mantuve mi boca cerrada por mucho tiempo y sobre muchas cosas, porque así debía de ser, yo debía de ser bonita e inteligente, lo suficientemente inteligente para mantener una conversación, pero no mucho como para intimidar a los hombres, lo suficientemente fuerte para cargar mi propia mochila, pero no mucho como para no necesitar la ayuda de un hombre.

No debía de sentir el dolor de estar tan confundida de mi futuro, o el de siempre sentirme “fuera de lugar” sin importar el lugar en el que estuviera, ni el dolor de sentirme insegura y la ansiedad que sentía en época de exámenes.

Pero un día, no estoy segura cuando ni como, el sol brillaba más fuerte y mis ojos se abrieron a un nuevo mundo.

Soy una “Niña grande” de 22 años, he aceptado mi cuerpo como el templo del alma de la que soy dueña, un alma que nunca se queda callada, inteligente, fuerte, con un fuego que a veces no sé controlar, un alma brillante y feliz. Y me tomo muchísimo tiempo el aceptarme a mí misma con todas las fibras de mi ser y aún hay días en los que cuando me veo en el espejo me siento inútil, sin valor alguno, porque el sentirse feliz y con el poder de conquistar el mundo entero, es una decisión que se toma a diario.

niñas

Fuente: buhola.com

Soy una niña grande.

Y, créanme, si lloro y lloro bastante.

Lloro, por que leo sobre Siria en las noticias casi todos los días y pienso en la gran cantidad de niños que no tienen un futuro porque sus vidas fueron robadas, lloro porque me los imagino separados de sus familias, tratando de buscar a donde irse, porque me imagino lo asustados que han de haber estado.

Lloro, porque a Malala le dispararon en la cabeza y casi muere solo por intentar hacer lo correcto, lloro porque hay una inimaginable cantidad de niñas alrededor del mundo, incluso en nuestra ciudad, que no tienen acceso a la educación, la educación que es nuestra más fuerte y noble arma, porque les es negado ese derecho o porque el sistema de educación es tan pobre que no pueden acceder a una escuela.

Lloro, porque “Black lives matter”, porque ha de ser muy difícil el salir de tu casa en la mañana y sentir el miedo de no saber si vas a volver con vida, tan solo por el color de tu piel. Porque ha de ser horrible el vivir con ese nivel de inseguridad, porque ha de ser horrible el ser juzgado, recibir miradas feas, por algo tan tangible como color de piel.

Lloro, porque a las mujeres nos pagan menos en cualquier trabajo, porque en entrevistas de trabajo, nos preguntan sobre los procesos naturales de nuestro cuerpo. Porque el embarazo siempre causa algún problema en nuestra vida profesional. Porque tenemos que trabajar 10 veces más que un hombre para obtener la mitad del respeto que él tiene.

Lloro por los matrimonios infantiles.

Lloro, por el miedo que siento cada vez que salgo de noche, por la inseguridad que corre por mis venas cada vez que camino por la calle y escucho una voz masculina cerca de mí, porque sé que, si alguien quisiera hacerme daño, mis brazos flacos serían muy débiles para defenderme.

Lloro por cada mujer que ha sido abusada, golpeada incluso asesinada, porque ni siquiera puedo intentar imaginarme el miedo que debieron haber sentido en ese momento, la impotencia de no poder defenderse. Y lloro, por las mujeres que tienen la fortaleza de levantarse cada mañana e intentar vivir su vida, muchísimas de ellas, sabiendo que el responsable de su ataque sigue libre por las calles.

Lloro por mi México y los políticos pocos preparados y egoístas que tenemos en el poder, porque nuestro Sistema de educación pública es débil, porque somos afortunados los que tuvimos las condiciones para pagar por una educación privada. Porque muchos de nuestros niños viven en pobreza, en estado de desnutrición.

Porque cuando daba clases de catecismo los sábados, había un pequeño niño que decía que su padre llegaba ebrio todos los fines de semana y eso era la “normalidad” de su familia. Porque a veces parece que nuestro país no progresa.

Lloro por la violencia que veo cada vez que abro cualquier red social, cada vez que intento ver las noticias, porque me aterra la falta de humanidad en el corazón de las personas. Porque yo fui criada en una familia católica que a pesar de nunca forzarme a ir a la iglesia todos los Domingos, me enseño que debía respetar a todos, amar a todos, cuidar de todos, compartir con todos.

Crecí de tal forma que me hizo tolerante con cualquier persona que se cruzara en mi camino y me parece imposible creer que alguien puede estar así de vació, así tan lleno de maldad que puede entrar a una sala de cine y matar a quien pueda. Que alguien puede entrar a una escuela y disparar a quien pueda. Que alguien puede detonar una bomba en un maratón. Que alguien puede desaparecer a 43 personas y nunca hablar de ello otra vez.
Lloro, porque quiero algo mejor.

Porque quiero ser una mujer exitosa y sé que tengo que trabajar el doble para lograrlo, porque soy juzgada por la ropa que decido usar en lugar de mi talento, juzgada por mi maquillaje y si decido un día no usarlo, me veo “enferma” “triste” en lugar de ser solo yo.

Soy juzgada por la música que escucho, las personas con las que me junto y porque con el puro hecho de ser mujer, cada paso que doy, es observado más cuidadosamente y a veces se siente como caminar sobre cristal quebrado.

Lloro por todas las mujeres que lucharon por mis derechos alrededor del mundo, por las Suffragettes, por las mujeres que hicieron el trabajo de los hombres en la Segunda Guerra Mundial, por Rosa Parks, por las mujeres revolucionarias, por las que lucharon con convicción por mi derecho de contar como ciudadana, para que mi voto contara, para que mi voz fuera escuchada, por mi derecho de usar pantalones o faldas o bikinis.

Lloro por todas las mujeres que sabían que eran muchísimo más valiosas que cualquier tipo de publicidad barata que las insultaba en los 50’s.

Y lloro, porque quiero ser el tipo de mujer del que se enorgullecerían.

Lloro por mis sobrinas, porque una de ellas un día me dijo que yo no podía ser la niña más bonita del mundo, porque no estaba usando vestido, en lugar de eso, vestía el jersey de mi equipo y jeans. Por qué no quiero que crezca obsesionada con esa definición de “mujer”, quiero que aprenda a valorar lo que es por su inteligencia en lugar de su físico. Porque otra de mis sobrinas es una de las almas más dulces y buenas que he visto, pero al parecer, existe algo como ser “demasiado buena” y es un problema, porque tiene que aprender a decir “no” y a ser un poco menos ella.

Pero, a veces, lloro porque veo esperanza.

Cuando veo a personas ponerse de pie por cosas en las que creen, cuando veo grandes marchas por diferentes razones, gran cantidad de gente reunida gritando “Aquí estoy, no me vas a silenciar”. Cuando veo a cualquier otra mujer que obtiene reconocimiento por su arduo trabajo, no importa que tan pequeño sea. Cuando veo mujeres leyendo libros y hablando de grandes temas sobre los cuales leyeron la noche anterior.

Cuando escucho a mujeres defendiendo a otras mujeres, estableciendo vínculos en lugar de competir una con la otra. Cuando veo mujeres, niñas, cualquiera, haciendo cosas que las apasionan, presumiéndolas al mundo entero, escribiendo, cantando, actuando, pintando, jugando algún deporte, lo que sea, no esconden lo que hace que su alma se prenda en fuego.

Cuando veo celebridades poniéndose de pie y hablando sobre temas importantes, porque el tener una plataforma, no importa que tan pequeña o grande sea, y no usarla para algo positivo, es un desperdicio de tiempo y espacio en nuestra sociedad.

A veces lloro cuando veo películas románticas o cuando veo deportes. O cuando estoy un poco triste y un poco feliz al mismo tiempo y me siento confundida.

Soy una niña grande, lloro y estoy muy orgullosa de ello.

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