Monterrey 18 de enero

Pensé mucho el escribir algo sobre lo sucedido en la ciudad de Monterrey el 18 de enero. Primero, porque no tenía (no tengo todavía) toda la información necesaria para entender la situación. Segundo, porque creo que hay muchas personas que tienen más bases y conocimientos para hablar del tema.

Y tercero, porque lo que pasó lastima, y tragedias así nos rompen como nación y como individuos.

Decidí que sí voy a escribir al respecto porque hay cosas que si uno no las escribe no hay otra forma de enfrentarlas. Porque a lo mejor, algo de lo que pienso o siento al respecto tiene algún impacto positivo (espero).

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Fuente: huffingtonpost.com.mx

 Lo primero que me asalta es que duele, duele mucho

La muerte de cualquier persona es lamentable, pero la muerte de jóvenes y niños siempre pesa más porque “tenían el mundo por delante”. En este caso, además, es sumamente desalentador por la forma en la que sucedió.

Como individuos, como sociedad y como país, no podemos menos que sentir tristeza. Sé que yo recibí la noticia con gran pena y que el desánimo general era notorio. También lo eran el coraje y la frustración.

Podemos ser muy rápidos para emitir juicios y buscar culpables cuando nos sentimos inseguros, asustados, lastimados o enojados. Esta ocasión no fue la excepción. Todos pensábamos, si es que no lo decíamos, en quién pudo haber hecho o dicho algo.

Todos teníamos nuestras teorías de quién o quiénes descuidaron la situación y obviaron lo que estaba sucediendo.

En momentos así, lo importante es quiénes podemos hacer algo para apoyar a los involucrados y qué podemos hacer todos para prevenir que se repita.

La impresión no nos permite detenernos a pensar en el dolor de los demás

Lo más impactante es pensar en las familias cuyas vidas sufrieron una pérdida tan dolorosa en cuestión de momentos. Familias que además se tienen que enfrentar a que su dolor se repita en loop en las redes sociales. Padres, compañeros, amigos y familiares que vieron las caras y los momentos angustiantes en periódicos, páginas de internet y publicaciones, una y otra vez.

No dudo que el morbo sea una de las cosas que mueva a algunos a compartir o publicar ciertas cosas, nos falta mucha humanidad para reaccionar en algunos casos. Pero también está el asunto de que muchos no nos detenemos a pensar en el impacto que puede tener una frase, una fotografía o un video cuando lo tenemos al alcance de un clic. Nos permitimos caer en la dinámica de compartir unas y otras cosas “porque sí” sin analizar su alcance o las consecuencias.

La rapidez con la que compartimos la información nos permite estar más cerca unos de otros. Sí podemos utilizar esta herramienta para solidarizarnos y mostrar apoyo, no deberíamos utilizarla para violentar la privacidad ni para dejar expuestos el dolor y el duelo de las personas.

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Fuente: Pictoline

¿Qué estamos haciendo?

No puedo evitar preguntarme, qué clase de sociedad estamos construyendo en el día a día con nuestras acciones. Qué entorno hemos creado que se presta para que esto suceda. Por qué nos dejamos de lado unos a otros y por qué hace falta que sucedan estas cosas para que abramos los ojos.

La solución definitivamente no está al alcance de la mano, pero nos estamos tardando un poquito en buscarla. No unos u otros, todos juntos. Porque lo que sucedió no le sucedió al Colegio Americano o a Monterrey, nos sucedió a todos.

Esto no se acaba

Lo que pasó es lamentable y una muestra de lo que hacemos y lo que nos falta por hacer. Es momento (ya hace tiempo que es momento) de fomentar la empatía y la tolerancia, la solidaridad y la preocupación por los que nos rodean. No nos basta con decir “Me dueles México”, nos toca buscar cómo sanar este país que se nos está cayendo a pedacitos porque no todos nos hemos puesto las pilas para reconstruirlo.

Fuente: permanenciasvoluntarias.com

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