Pizarnik y la sensación de no ser de este mundo

“Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo.
No, no estoy sola.
Hay alguien aquí que tiembla.”

-Alejandra Pizarnik-

 Pizarnik

Alejandra Pizarnik se mató.

Disculparán la forma tan dramática y terrible con la que inicio este texto, pero me parece interesante describir la muerte de la poeta argentina que le ha dado sentido a varias de mis noches en vela.

Era 1972, 25 de septiembre. Pizarnik estaba en Buenos Aires. Y ahí, con la locura entre las manos, la escritora se tragó 50 pastillas de Seconal que la llevaron a quitarse la vida. Por fin, después de años de sufrimiento y dolencias mentales, Alejandra había cumplido su cometido. Ese fin de semana estaba libre; le habían permitido salir del hospital psiquiátrico en el que se encontraba internada. No malgastó –ni siquiera un poco- su libertad.

Cuando leo su biografía o alguno de sus textos me es inevitable imaginarla en un escenario gris, bajo la penumbra de la habitación, con las manos llenas de pastillas y un montón de dolor recorriéndole la existencia.

Antes del cometido, Pizarnik ya había intentado suicidarse dos veces y se encontraba bajo las garras de la depresión; fue por eso que se le internó. 36 años fueron suficientes para ella.

Sumida en la depresión, el miedo a la muerte y a la locura, Alejandra se escondió bajo las letras, y entre ellas vivió su vida. Y cuando encontró la oportunidad, cuando consiguió el cometido que se planteó tiempo atrás, entonces se mató. Por eso digo que las mentes enfermas están condenadas a levantarse solas, o en su defecto a no hacerlo jamás. Ella es uno de esos casos.

Julio Cortázar le escribió alguna vez: “…y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza. Y todo esto, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.”

Cortazar y Pizarnik se conocieron en París, durante un viaje de Pizarnik en los años 60.

Elegí tomar como referencia a Pizarnik por un solo motivo: usó la libertad de manera –tal vez- desmesurada, pero acertada. Está claro que la poeta tenía serios problemas de autoestima e inferioridad, causas que la llevaron al borde de la autodestrucción. Pizarnik es sólo un ejemplo. El meollo de esta lectura es centrar la atención de mis lectores en la siguiente pregunta: ¿qué hacemos con nuestra libertad?  Nosotras. Las personas. Las mujeres.

Encontrarnos bajo presión no es difícil en la actualidad. A veces recurrimos a cualquier vicio como excusa para salir de la rutina o encontrar un poco de placer, sin detenernos a pensar en las consecuencias que esos vicios traerán para nuestra integridad, nuestra salud o incluso felicidad.

Pizarnik consumía anfetaminas –esa era la medida que tomaba para salir de su realidad- y eran las mismas anfetaminas parte de las causantes de su depresión. Es como un círculo casi imposible de romper.

“Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.”

Nadie está exento de sentir dolor. La clave es saber manejarlo en beneficio y no en perjuicio. Leer a Alejandra me desgarra. Me duelen sus palabras, se me enchina la piel al releerlas, porque son sentimientos comunes. Es decir, esas heridas, esa carencia de autoestima está en todas partes.

Se nos planta enfrente como un ente invisible, escondido detrás de rostros alegres y labios sonrientes que vemos a diario. Está incluso en el espejo, dentro de nosotros. “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”, decía Sartre. El hombre puede hacer lo que quiere siendo responsable de sus acciones, pero no se puede tomar esa libertad como justificación de los actos.

La vida es una constante decisión. Hay que aprender a decidir. Discernir entre lo que queremos y lo que no queremos hacer con nuestra libertad.

Pizarnik tenía la sensación de no ser de este mundo. Apuesto a que más de uno de los que me están leyéndome ahora, en al menos una ocasión de su vida han experimentado esa sensación. Es uno de los lugares comunes de la vida. Sentirse fuera de lugar.

Alejandra sufría acné durante la adolescencia, tendía a subir de peso con facilidad. Son factores importantes que explican la falta de autoestima de esta mujer. Consumía drogas y somníferos para hacer pasadero el insomnio, y escribía. Plasmaba en sus textos todo el dolor y la negatividad que la hacían ser autentica. Fue gracias a eso que se convirtió en una de las autoras emblemáticas de los años sesenta en Argentina.

Me gusta la historia de Pizarnik. Me fascina imaginar el final de su historia y compararla con la vida de cada ser humano. Somos seres con heridas, con fantasmas y voces interiores que nos lastiman. Luchamos contra nosotros mismos creyéndonos distintos al resto- como si perteneciéramos a otro mundo-, sin darnos cuenta que todos a nuestro alrededor padecen de circunstancias similares.

Nos falta empatía para entender a los otros y valentía  para enfrentar nuestros dolores y hacer de nuestras carencias nuestras mejores virtudes. Caemos en el libertinaje apenas probamos la libertad.

Así como Julio quería viva a Alejandra, yo les escribo: las quiero vivas, burras. Y los quiero vivos, burros. Pero en el sentido del goce sano, de la felicidad y la inocencia que existir conlleva. Sin olvidar que sólo somos, lo que somos.

Si les interesa conocer la vida de Pizarnik les dejo este documental que encontré en los rincones de YouTube hace unas semanas. Dura más de 40 minutos, pero vale la pena. No se hagan del rogar y píquenle a la liga:

Por Frida Sánchez

@frida_san24

Todas las fotos fueron extraídas de Google©

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2 comentarios

  1. Genuina e interesante! Real y cierta! Solo aquellos que pueden llevar las sensaciones al limite (inclusive hasta su destruccion) tienen el don de transmitir la verdad de existir. Felicidades!! Gracias por escribirlo.

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