Mirarnos a los ojos

Algunas mañanas, al despertar, pienso que estoy viviendo con los ojos cerrados. Inevitablemente, esta madrugada, cuando levanté los párpados, me llegó a la mente una frase que le escribí alguna vez a un amigo:

“No siempre quiero estar aquí, de hecho, hay ocasiones en las que me cuesta demasiado trabajo abrir los ojos”.

Desperté con esa frase y la canción “Heaven” de Depeche Mode zumbándome en los oídos.

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Sé que no parece importante. No tiene por qué parecerlo. ¡Carajo! No lo es, no es importante. El asunto aquí es que esa frase se la dije en un momento de caos (la vida de él estaba en caos), sus tendencias suicidas y las horas de insomnio compensadas con cucharadas de Halcion* lo estaban matando.

Me recuerdo diciéndole por teléfono que sumergiera la cabeza en una tina llena de clonazepam, y que se tragara todo el contenido de su bote de seconal para que me dejara de joder. Me llamaba todos los días, a todas horas, me pedía que estuviera cerca de él, que no lo dejara solo. No es como que lo hubiera pensado. Mi intención no era dejarlo solo, pero tampoco entendía muy bien cómo sostener esa situación.

Una vez que su drama pasó, nos citamos en la azotea de su casa para hablar -literalmente- “de la vida”. Bebimos jugo de uva y cerveza y dejamos el paquete de Camel sin abrir debajo del tinaco de su casa. Ese día fue cuando le escribí en un post it  la frasecilla del principio.

Aquello fue una metáfora, no sé si bien o mal estructurada, pero ambos la entendimos; cuando se nos terminaron las palabras, él miró a la nada por largo rato, sostuvo la mirada en un árbol y no la despegó ni para sorberle al jugo de uva. Yo lo miraba a él. Aquí empieza lo que les quiero contar (disculpen tanto preludio).

Hoy, cuando desperté, me acordé de esa escena de mi vida. Él miraba un árbol y yo le miraba los ojos. Cuando dejó de mirar al árbol, me miró a los ojos también.

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Y nos dijimos cuantas palabras puede contener el silencio. Lo primero que pensé en ese momento fue en una llamada telefónica en la que me había dicho que le parecía ridículo que un hombre pensara en el suicidio. Tiempo después reconsideró esa postura un tanto machista y aceptó que llegó a ser una posibilidad en su vida. ¡Milagro de la vida que no lo consumara!

Como sea, ese día, en la azotea, me di cuenta que estaba mirando a los ojos a un ser cuyas ganas de vivir se le notaban hasta en los cabellos, porque déjenme contarles que cuando está en grupo, ese muchacho es una de las personas más sonrientes y aferradas a la vida que he conocido. Le encanta decir chistes e inventar historias, nunca se calla. Pero sus ojos (si uno los ve bien) dicen otra cosa.

Desde aquella tarde en la azotea me la paso mirando a las personas a los ojos.

Para Sartre, la importancia de ser mirado no está en los ojos que miran, sino en el sujeto que posee los ojos, pues se transforma y ordena el sujeto que está siendo mirado desde la perspectiva del otro.

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Cuando otro nos mira, somos vulnerables. Por otra parte, en el estadio del espejo, Lacan refiere que el niño, desde una edad temprana, busca ser sostenido por la mirada de su madre. Esto, en consecuencia, genera una ubicación del niño en el plano social; es decir se reconoce.

Hace poco leí un artículo en el que se menciona que los ojos revelan si una sonrisa es o no honesta; generalmente, cuando se trata de una sonrisa genuina, las patas de gallo salen a la luz y los ojos se “achinan”. –Aquí les dejo la liga por si quieren darle una repasada-.

Otro dato que me pareció curioso del artículo fue la mención de que las personas que mienten tienden a mirar a los ojos con mayor insistencia, ya que están tratando de probar que lo que dicen es verdad. Es curioso.

Hay un sinfín de datos interesantes al respecto. La mirada constituye algo más que un sentido, no se trata únicamente de ver objetos y personas para reconocer las situaciones en las que vivimos.

Abrir los ojos es un acto de valentía, incluso. En el sentido metafórico, por supuesto. Abrir los ojos es mirar la realidad, tal cómo es, implica aceptarla. Por eso mencionaba al principio de este post que en ocasiones pienso que estoy viviendo con los ojos cerrados; en las madrugadas como la de hoy, cuando me despierto, me sirvo café y me pongo a leer las primeras planas como una autómata, haciendo lo mismo día a día, sin detenerme.

En esa tarde en la azotea, mi amigo mencionó que apreciaba poder darse un respiro de sí mismo de vez en cuando. Completo aquello diciendo que podemos darnos un respiro de nosotros mismos con el afán de mirar a los otros, a lo que está fuera de nuestra cabeza.

En conclusión, – y para no aburrirles de más-, propongo mirarnos a los ojos. No pensando en la romántica idea que implica decir que uno mira el alma de los otros a través de los ojos, o el banal hecho que implica que la mirada exprese si nos encontramos tristes,  molestos o enojados… no, me refiero a abrir los ojos, de verdad, mirar al otro (y también a nosotros mismos, pero de verdad).

 

¡Vamos a mirarnos a los ojos!

 

Una pequeña posdata:

¿Han escuchado a Alberto Spinetta? Bueno, si no, aquí les dejo una canción de él. Se llama “La mirada de Freud”. Que la disfruten.

Frida Sánchez: @frida_san24

*Halcion: medicamento que se usa en pacientes con insomnio.

 

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1 comentario

  1. Hola Free.. me encanta … tu estilo cada ves mas integro
    pienso que en esta etapa de la vida de transicion . los que ya pasamos por ella sabemos, que se tienen emociones, sentimientos y arrebatos y tambien de cosas bonitas..
    Se tiende a tener esas ideas … los q somos mucho mas sensibles y nobles… pero gracias al el transcurso del tiempo todo pasa… y pasa…. crecemos y avanzamos aunque no siempre lo quieramos así…. y es muy gratificante ver el resultado de todo lo vivido… esto es Vivir!! Felicidades!

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